Mujeres dominantes
Es untema latente que en la sociedad actual se refleja. En todas las sociales existe un espejo dela dominación femenina. Ejemplos hay millones.
Comenzamos esta tema con un chiste...
¿Quiere cervecita mi amorcito?
Una pareja de recién casados que tan solo llevaban 2 semanas, el marido aunque feliz, ya le andaba por irse de parranda , así que le dice a su abnegada mujercita:
- Mi vida ahora vengo...
- ¿A donde vas amor?
- Al bar mi cielito lindo, a tomarme una cervecita.
La mujer se lleva la mano a la cintura y le dice:
- ¿Quiere cervecita mi amorcito? Y en eso le abre la puerta del frigorífico y le enseña 25 marcas distintas de cerveza de 12 países dieferentes, Alemanas, holandesas, japonesas, mexicanas, gringas, etc.
El marido sin saber que hacer se le ocurre: - Ay, mi pichoncito... pero en el bar... ya sabes... el vaso helado...
No terminaba de decir esto cuando la esposa interrumpió diciéndole: - ¿Quiere vaso helado mi amorcito? Saca del congelador un vaso helado, congelado, blanco blanco, que hasta temblaba de frío.
El marido apenado dice: - Sí mamita pero en el bar sirven una picada riquísima... ahorita vengo ¿sí?
- ¿Quiere picadita mi maridito?
La mujer saca 15 platos de palitos salados, queso, salame, jamon, mani, chizitos, mariscos, pan, etc. -
Pero Caramelito... en el bar... las maldiciones, las palabrotas, los insultos, ese clima y todo eso...
- ¿Quiere palabrotas mi amorcito?... entonces pedazo de forro jodete por pelotudo, pero de aca no te vas a ir una mierda!
Atendiendo a la hija y a la madre
Rosa U / Santi O Me llamo Santi y realizo el presente escrito por indicación y supervisión de mi esposa Rosa, ya que ella, según dice, no domina el ordenador ni el estilo relacional lo suficiente. Rosa y yo llevamos 26 años casados y tenemos una hija ya de 22 años.
Actualmente, yo tengo 52 años y Rosa 51. Hasta un año después de nuestro enlace no comenzaron nuestras prácticas D/s. Y de hecho no fue como un objetivo predispuesto, sino que nuestra actuación cotidiana nos llevó poco a poco a ello. Debemos decir de entrada que desde siempre gozamos de una acomodada posición socioeconómica. Rosa pertenece a la clase burguesa, ya que su familia posee diversas empresas, y yo dirijo algunas de ellas desde antes de casarnos, mientras que mis cuñados dirigen otras. Y con el paso del tiempo, las que quedaron bajo mi supervisión han alcanzado las mejores cuotas de sus respectivos mercados.
Es decir, mi matrimonio no fue por interés, y así lo han reconocido siempre nuestro entorno familiar y nuestras amistades. Vivimos en una magnífica mansión a las afueras y poseemos un yate que es nuestra delicia de muchos fines de semana. A los dos nos gusta cuidarnos mucho en el aspecto físico, aunque Rosa siempre ha tenido la tendencia a engordar.
Yo soy bastante alto (1,70), piel morena, ojos azules. Rosa es más bajita (1,60), también morena y, sobre todo, guapísima. Como decíamos, al principio fue como un juego, pero poco a poco Rosa acabó dominándome en todos los aspectos: familiar, administrativo/económico, y por supuesto y sobre todo sexual. La verdad es que en el aspecto de las tareas del hogar, afortunadamente siempre hemos gozado de suficiente personal a nuestro servicio para cubrir esta área.
Y los mismo ocurrió cuando nació nuestra hija, aunque era yo quien más me dedicaba a cambiar sus pañales y a estar más con ella. Donde más se ha destacado nuestra relación D/s ha sido sin lugar a dudas en el ámbito sexual. Rosa, desde el principio, quiso llevar las riendas. Siempre ha querido tener relaciones cuando a ella le ha convenido y pidiendo siempre aquello que le apetecía. Así empezó a los pocos meses de casarnos, y sigue siendo aún así, aunque con grandes matices.
El sexo oral ha sido la práctica habitual durante todos estos lustros, sin llegar a ser la única, pues la penetración también ha sido requerida por Rosa, pero en una proporción de 10 a 1 como mucho. No obstante, lo que más la ha caracterizado es el probar todo aquello que se le ocurría en el aspecto sexual, desde penetrarme, a usar la lluvia dorada conmigo, a servirla como le apetecía, etc. Antes, cada día; ahora, una o dos veces a la semana.
Según afirma, las pocas veces que ha estado con otros hombres (cuatro en los últimos tres años, me dice), ha sido únicamente por morbo o capricho, ya que ha sido con chicos de 22 o 24 años tres veces y para variar y aprovecharse de la fogosidad de un chico joven.
De hecho, excepto la primera ocasión que fue con alguien que conoció en un viaje de negocios, las demás han sido con gigolós pagados, pues dice que no tiene ganas de líos ni compromisos, sino de pasárselo bien un rato. También debo decir que después de haber tenido estas relaciones extramatrimoniales, inmediatamente me ha informado de ellas, según dice, porque le da morbo el contármelo. El adiestramiento o castigo corporal no ha sido una práctica habitual, pero tampoco inexistente.
Lo que sí es cierto es que la primera vez la utilizó al cabo de unos ocho años de matrimonio. Siempre se lo había sugerido yo, pero ella me respondía que eso de pegar no le iba. No obstante, un sábado por la mañana, después de un enorme enfado por su parte por algo que no le había gustado en mi comportamiento, me soltó un fuerte bofetón.
Se me quedó mirando como sintiendo lo que había hecho, pero al ver que yo callaba y me quedaba inmóvil, me pegó dos cruzándome la cara. Y al ver que seguía sin decir nada, me pegó cuatro… y siguió hasta que se cansó. Luego me dijo que le había gustado, y que a partir de entonces lo haría siempre que lo considerara oportuno. No es que sea, repito, una tónica, y no necesariamente utiliza está práctica cuando me lo merezco, pues por lo general he notado que lo hace cuando ha tenido una mal día o está furiosa por algo, tenga o no algo que ver conmigo. P
or lo general utiliza una regla sobre mi trasero, pero sobre todo un látigo de 9 colas. La vara, que es lo que mas duele y ella lo sabe, la usa cuando realmente esta muy enfadada y como colofón de la sesión. Y siempre suele ser los sábados, no se por qué. Pero lo que ha caracterizado singularmente nuestra relación ha sido la inclusión, de alguna manera, en nuestra relación de la figura de su madre, es decir, mi suegra. Y ello ya comenzó a los dos o tres años de nuestro matrimonio.
Yo tendría 28 y mi suegra unos 49. Ahora, ella tiene 73. Un día, medio en broma, y después de hacerle el trabajo oral, Rosa me dijo en resumidas cuentas: realmente lo haces de fábula, lo has aprendido a hacer como a mi me gusta. Parece que te he adiestrado bien; puede que te pida que estés con mi madre.
Me da pena. Hace años que ella nada de nada, por lo de mi padre, y a su edad no va a quedarse sin volverlo a probar.
Yo sabía ya por aquel entonces que mi suegro (ahora ya difunto) era impotente. Y lo sabía porque me lo había dicho mi esposa. Pero lo que me sorprendió es que, con lo clasicota que era mi suegra, accediera a algo así. Además, nunca se me había pasado por la imaginación tener algo con ella.
Nuestra relación era lo más parecido a madre e hijo. Así como mi mujer, Rosa, era una preciosidad y fina, mi suegra era todo lo contrario: muy gorda, robusta, mucho pecho, celulítica, aunque también muy cuidadosa en la vestimenta. La verdad es que no me daba nada de morbo, pero me lo pedía (ordenaba) mi mujer y eso era suficiente.
Pasaron muchas semanas, e incluso meses, y no pasaba nada, ni Rosa volvió a sacar el tema. Los primeros días, cuando veía a mi suegra, no podía más que imaginarme la situación, pero, con el paso del tiempo, la cosa se me fue yendo de la cabeza. La verdad, suponía que había sido una broma de Rosa. Una tarde, estando mi suegra y yo solos en su casa viendo la tele (estaba esperando a mi mujer, y mi suegro estaba en Madrid por viaje de negocios), sonó el teléfono. Mi suegra lo cogió y era mi esposa. Estuvieron hablando, y oí que mi suegra le decía: “Aun no”. Luego, me pasó el auricular y mi esposa me dijo que se iba directamente a nuestra casa y, por último, una frase que en aquellos momentos no entendí: “Pórtate bien con mi madre”.
Pasaron unos cinco minutos y, de repente, mi suegra me coge de la nuca y, sin mediar palabra, me lleva mi cabeza a su entrepierna mientras se subía en un instante sus anchas faldas. Mi cara chocó prácticamente con sus bragas y, después de unos segundos de sorpresa, comencé a besar y a lamer su entrepierna, mientras sus manos dejaban de presionar de mi cabeza contra su sexo para deslizarse las bragas hacia abajo. La verdad es que no tardó mucho en orgasmar. Y después, sin decir nada, se levantó y se fue al cuarto de baño, volviendo al cabo de un rato como si nada hubiese pasado.
Desde entonces, independiente de las primeras semanas, no se puede decir que esté con mi suegra muy asiduamente. La verdad es que solía ser más o menos una vez al mes, pero ahora entre cuatro y seis veces al año. Por lo general, sexo oral, pero también algunas veces me pide penetración y que le bese y lama el ano, pechos (los tiene muy sensibles), piernas y pies. Como digo, sus solicitudes son muy esporádicas, y se limitan a su inmediata satisfacción y punto. O como mucho, alguna noche entera pues le encanta dormirse mientras le beso su sexo y su ano.
Solamente en dos ocasiones ha sido realmente insaciable. La primera durante los primeros siete o diez días del comienzo: aprovechando que mi esposa y su padre estaban de viaje, como he dicho, a cada momento quería satisfacción sexual. La segunda ocasión fue a los tres o cuatro meses de quedarse viuda. Mi esposa me ha enseñado a controlar mi orgasmo. No es que me lo prohíba, ni mucho menos, pero sí que lo haga después de ella, cuando ya esta satisfecha o a la vez, pero nunca antes. Lógicamente esta norma se acentúa cuando quiere penetración. Y la verdad es que, con tantos años de práctica, soy un experto en eso. Pero un día, con mi suegra, no fue así.
No se que pasó, que orgasmé antes que ella durante la penetración (la verdad es que, con el paso de los años, a mi suegra le cuesta cada vez más llegar). Se enfadó un montón: “¡Eres imbécil o qué!, ¡y ahora yo qué!”. Le proporcioné satisfacción oral y pensé que la cosa quedaba ahí. Pero unos diez días después, sin decir como siempre el motivo, Rosa llegó furiosa y me ordenó que la siguiera a nuestras habitaciones. Una vez dentro, me ordenó que me desnudara y que le trajera todos los látigos. Según me dijo, estaba muy estresada y necesitaba relajarse.
Empezó a azotarme como en otras ocasiones, pero poco a poco iba subiendo la intensidad de sus latigazos. No eran diez o quince como siempre, ya llevaba más de cincuenta. Y, cosa extraña, empezó a insultarme y a reírse mientras lo hacía. Le pedí que parara, y me dijo que si no me callaba me amordazaba y que empezara a contar desde cero.
No lo podía creer. Cuando se cansó me ordenó que me pusiera de rodillas delante de ella. Me miró, me cruzo la cara con dos bofetadas me escupió y me pegó una patada en mis testículos: “Eso es para que no lo uses cuando no lo tengas que usar.
No se te ocurra hacerle a mi madre lo que le hicisteis el otro día. Nunca más. Estas conmigo y con ella para satisfacernos cuándo y cómo nosotras queramos. Ahora vete a su casa durante todo el fin de semana, y pobre de ti que me entere de que no queda contenta”. Desde el viernes por la tarde, hasta el domingo por la noche, mi suegra solo pedía sexo y más sexo.
La verdad es que mi suegra no es muy habladora, sólo va al grano. Pero aquel final de semana, intuyendo lo que había pasado en mi casa, fue tremendamente exigente en el sexo. Como hemos contado, mi esposa y yo vivimos en un magnífico chalet a las afueras de la ciudad, con un gran y cuidado jardín en la parte posterior con una perfecta piscina.
Mi suegra pasa con nosotros muchos fines de semana desde que es viuda, sobre todo en verano. Desde hace años, cuando estamos mi mujer y yo solos, o con mi suegra, mi mujer y yo nos solemos estirar juntos en dos tumbonas a tomar el sol y mi suegra en otra justo enfrente. Ella, cuando le apetece, sobre todo cuando esta leyendo algún libro, no le cuesta nada meterme mano bajo el bañador para jugar a su antojo con mi pene como si tal cosa.
No lo hace para excitarse ella (yo si lo hago, evidentemente), sino porque quiere. Y luego, nada de nada. Cuando se cansa, saca la mano, y ya está. Pero nunca lo había hecho en presencia de mi suegra. Aquel día si: cuando Rosa sacó la mano de mi bañador, yo estaba tremendamente excitado.
Mi suegra no había dicho nada mientras eso ocurría, pero después le dijo a su hija: “Nena, me llevo a tu marido dentro”. “Vale mamá”. Y mi suegra, dirigiéndose a mi , simplemente me dijo algo así como: “Tú, ven conmigo”. Y dentro, en la casa, la tuve que satisfacer con la inmediata penetración que me exigía. Jamás me lo ha hecho hacer delante de su hija (ni su hija delante de ella), pero no es extraño que, estando los tres en casa (o en la de ella), me diga simplemente: “Santi, ven conmigo”… y se encamine hacia su habitación. Así como mi esposa es muy escandalosa y salvaje cuando orgasma, mi suegra es todo lo contrario, muy silenciosa.
Casi no dice nada, sólo lo justo para indicarme con monosílabos lo que desea (aquí, más, ahora, vale, traga, más abajo, no pares, chupa, etc).Y así continúa siendo hasta hoy.Este tema fue tomado de http://anaserantes.com

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